EL CINE Y LAS DROGAS (I)


 LAS TRES VIDAS DE IVAN ZULUETA

Introducción

Que nadie piense que voy a hablar de THE FRENCH CONNECTION (William Friedkin, 1971) o de ese tema tan interesante como los estudios acerca de las drogas en el cine: su historia, representación, efectos, etcétera. Basta con hacer una búsqueda rápida en internet para encontrar numerosos análisis sobre ello.


Este texto parte, más bien, de una casualidad afortunada. La entusiasta Asociación de Cine La Quimera programó en uno de sus estupendos ciclos de cineclub ARREBATO (Iván Zulueta, 1979). Lo que sucedió fue una maravillosa coincidencia, como era que en mi mesita de noche tenía el recientemente publicado libro Diario de Nueva York (Primer viaje, 1964) (Editorial Pepitas de calabaza y Filmoteca Española), haciendo inevitable un triple trabajo-placer: volver a ver la película, refrescar la información sobre ese genio raro —a veces llamado maldito— de nuestro cine y leerme el sorprendente libro.


De ahí surge esta visión personalísima de la vida de Iván Zulueta.


Querido diario

Me ha resultado fresquísimo y estimulante. Claro que el protagonista es un burgués de San Sebastián —no en vano se llama Juan Ricardo Miguel Zulueta Vergarajauregui (el “Iván” no se lo dejaron poner las normas de la Iglesia por ser ruso)—, con una familia bien acomodada en el franquismo, aunque con graves problemas económicos en aquellos años. Es un joven de misa diaria que en Nueva York acude a la catedral y no a una iglesia de barrio, con un bajo nivel de inglés —mal endémico español por entonces—, que aún no ha descubierto ni se interesa por lo más avanzado de la cultura y el arte. Devora cine, sí, pero no títulos especialmente vanguardistas.


Esto se critica mucho por los prologuistas, pero no hay que darle demasiada importancia; incluso habría que valorar más si cabe su ingenua sinceridad. Está aún dentro del cascarón, y hasta podemos sorprendernos de que de ahí saliera lo que salió —incluso para desgracia de sí mismo, como veremos—. Por otro lado, el genio cartelista que luego sería comenzó a latir, sin duda, en aquel bisoño viaje.


Como suele ser habitual en internet, podemos leer o escuchar comentarios sin base, como que Iván descubrió y quedó prendado entonces de las vanguardias cinematográficas del New American Cinema o de las artísticas del pop art de Warhol. Lo cual solo demuestra que quien lo afirma no se ha leído el libro, dado que no tiene nada que ver con lo que allí nos va contando el ingenuo protagonista. Hubo otros viajes posteriores, aún inéditos, y parece probable que la labor investigadora dé nuevos frutos.


Vida arrebatada

Arrebato es un reflejo de su propia vida: la de un hombre ya enganchado a la heroína, que parece no saber a dónde va. El film avanza a golpes, de manera fragmentaria, pero termina por convencernos: descubrimos con sorpresa que sí nos llevaba a algún sitio. Es una obra tan maravillosa como trágica, un descenso a los infiernos donde la cámara —como el ordenador en 2001: Una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968)— cobra vida propia.




En una de las múltiples conversaciones que podemos encontrar en la red, así como en los sensacionales archivos de TVE, el director llegó a decir que había recalado en la heroína porque era “la última droga”, sin necesidad de pasar por las demás, y que además él la dominaba, no al contrario: “era como su aspirina”, afirmaba, siendo para él prueba de ello haber rodado la película chutándose cada día. Triste autoengaño que aún se repetía a sí mismo cuando ya rondaba los sesenta años, con la salud visiblemente deteriorada.


Y es que la heroína podría habérselo llevado por delante entonces —basta ver sus fotos, con esa apariencia deshecha típica de los enganchados al camello—, de no ser por el duro y exitoso tratamiento con metadona al que se sometió poco después de terminar la película, momento en que su adicción había tocado techo.



Resurrección del genio

No es fácil resurgir de ese infierno, pero él lo consiguió. Aunque su carrera como director no volvió a cuajar, su vínculo con el cine continuó a través de sus impresionantes carteles, auténtica imagen de una generación.


Vivió hasta los 66 años, una proeza dadas sus circunstancias. Aparece, como no podía ser de otro modo, en Directores españoles malditos (Augusto M. Torres, 2004), aunque cuesta considerarle “maldito”: fue, sencillamente, un genio.



Entre lo más completo que se puede leer sobre él está el artículo de GQ: “Iván Zulueta, aniversario”. https://www.revistagq.com/articulo/ivan-zulueta-aniversario


En el ámbito audiovisual destacan un documental de TVE —donde aparece incluso acompañado de Felipe González— y dos ediciones de Versión Española, con intervenciones de Eusebio Poncela, Marta Fernández-Muro, José María Íñigo, Jaime Chávarri y Antonio Gasset.


¿Por qué no volvió a dirigir Iván Zulueta? Chávarri dijo en su día que si alguien desaparecía del mundillo, se olvidaban de él; pero su protector era José Luis Borau y él lo hubiese apoyado. Así que mejor quedarnos con lo que dijeron al unísono sus tres citados colaboradores en el mentado programa de TVE, que simplemente “el genio era muy, muy vago”.


Epílogo I

Ha muerto recientemente Eusebio Poncela, triste noticia. Lo recordamos en Merlí: Sapere Aude (2019) y, sobre todo, sobre las tablas en El beso de la mujer araña (2023).


La revista Fotogramas escribía en su obituario:


“Eusebio Poncela. Arrebatador y misterioso. Actor español. 27 de agosto. 79 años.


Este octubre, en el Festival de Sitges, nos encontraremos de nuevo con él —o acaso con su alter ego, José Sirgado— en el documental El último arrebato, exorcismo a lo CIUDADANO KANE de la inclasificable obra maestra de nuestro cine: ARREBATO. Esa enfermiza carta de amor vampírico al cine, y ese personaje, Sirgado, definen mejor que nada a un actor inclasificable, mordaz, único.”


Epílogo II

No pude asistir a la proyección de Arrebato organizada por La Quimera, pero merece destacarse el excelente texto publicado en el cuadernillo del ciclo.


Epílogo III. Nuevas revelaciones

El documental mencionado por Fotogramas, El último arrebato (Marta Medina y Enrique López-Lavigne, 2024), circula actualmente por distintos festivales. No es un trabajo monotemático sobre ARREBATO (Iván Zulueta, 1979), pero sin duda resultará valioso para entender su legado.


En mi labor cinéfila encontré, sin embargo, algo aún más revelador: el documental IVÁN Z (Andrés Duque, 2004), debut del inquieto y audaz cineasta venezolano. Su obra posterior incluye dos largometrajes difícilmente clasificables, ideales para quienes disfrutan explorando las fronteras del cine, aquellas mismas en las que en su día también transitó Zulueta.



En Iván Z nos encontramos con el director —y también con su madre, excelente pintora— en plena decadencia, en su envejecida casa frente a la Concha de San Sebastián, su último refugio. Allí se muestra sin artificios, con un físico deteriorado y sin preocuparse por su imagen, apareciendo en albornoz y hablando libremente ante la cámara.


Es una delicia de documental, repleto de revelaciones. Por ejemplo, descubrimos que en el rodaje de la célebre escena donde Cecilia Roth baila disfrazada de Betty Boop, frente a la pantalla e iluminada por el proyector —único momento de la película en que se utiliza un travelling—, estaba presente toda la familia de la actriz, que había ido a visitarla.




Pues bien, parece que en este documental encontramos la respuesta más certera a por qué Iván Zulueta no volvió a dirigir. En un momento dado lo vemos mostrar a cámara su pequeño frasco de pastillas de metadona, de las que no puede prescindir a pesar del tiempo transcurrido desde el tratamiento. También confiesa que había rodado Arrebato gracias a la heroína, “sin la cual no habría sido posible”, y que, claro, eso ya no podía repetirse.


Lo que podemos deducir es que volver a dirigir habría significado volver a drogarse. Pero Zulueta no estaba dispuesto a acabar su vida de esa forma, y por eso seguía aferrado a su pequeño frasco de pastillas.


Epílogo IV

El cine debe ser gozo y/o reflexión, mas con la actual triunfadora de nuestro cine, Carla Simón, debo confesar que me sobrevino un malestar o es que quizás no supe entender lo que pasaba frente a mis ojos. Pero tenía ganas de hablar de ella, así que me viene como anillo al dedo la coincidencia temática con la vida y obra de Iván Zulueta. Los padres de la cineasta catalana se engancharon a la heroína y acabaron su vida muy jóvenes, como se aprecia más claramente en ROMERÍA (2025), que cierra su trilogía en torno a esta temática.


Esta cuestión será, espero, la segunda parte de este texto.

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